ENTRADA A LA AUTOPISTA

Las prisas por llegar a Santiago.

El Primitivo es historia. Y el último recorrido con Melide como vista lejana desde mucho antes no es más que una sucesión de carreteras y asfalto

Salgo prontisimo, el vending me roba un euro sin café y cabreado me preparo para al menos casi tres horas para llegar a Melide. Son los primeros doce kilómetros.

Me corresponde el distinguido honor de ser el primer primitivo entrando en el camino francés.

No me hacen ni fuegos artificiales ni aplausos. Ni siquiera un saludo. Paso desapercibido entre el mercadillo de los domingos y los grupos de giris con guía para hacer el camino.

Como aún no han puesto ni el agua a calentar para cocer los pulpos, me tomo un café y huyo al siguiente pueblo.

Arzua, ya de mediodía, me vuelve a abofetear con una cola gigantesca en el albergue, con lo que, la brillante idea de sellar se convierte en, vuelva usted otro día.

Me dedico al vino y a un pastel muy bueno de una pasteleria vinoteca de la esquina.

Aún me quedan mucho kilómetro de esta etapa de cuarentaidos, únicament noe motivada por un irreconocible interés por ver los fastos de Santiago, que aún sigo sin entenderlo.
En general nunca paro a comer, y voy picando cosas energéticas o mejor dicho golosas. Y mucho agua. No me imaginaba como me podía volver adicto a esa tontería de la que me he reído tantas veces, que es la la bolsa de sueros que llaman camel back.

Pero cuando llevas mochila grande y cada bajada y subida de ella, te parece un triunfo basado en las contracturas de todo el cuerpo, la posibilidad de chupar sin más, alucina.

Bueno hay que volver a practicar, como me imagino que hacíamos con la teta materna, ya que no es tan evidente como sacar el agua del tubito. Y no atragantarte.

Muchos arribas y abajos. Ánimos y desanimos, cuando a tres kilómetros del albergue, ya eramos conscientes todos, de lo tarde que era y la puñeta que podía significar que no hubiera cama.

Me he prometido a mi mismo, que nunca mais.

Los caminantes dejan de ser personas a las que contactar y hablar, para convertirse en enemigos.

Me pueden ocupar la cama.

Hay que pasarlos.

Ni el “buen camino” de rigor, no sea que quieran pararte y no te dejen pasar a otros más, qué seguro estarán por delante.

He utilizado incluso, las malas artes de conocer exactamente el camino más corto al albergue, para zamparme a ocho o nueve  orcos que pululaban por el camino.

La llegada al albergue, comprobar que había sitio y un corte de mangas imaginario al mundo, no es de lo que me siento más satisfecho.

Pero así ha sido.

He optado por flagelarme con más ejercicios de estiramiento y una gigantesca ración de raxo ( yo no sabía el tamaño) que me ha dejado ahito y satisfecho.

No hay que empecinarse con los errores propios.

Y ahora para pasar el momento, escribiendo estas líneas en el comedor del albergue. Cierran enseguida con lo que no da tiempo a pecar.
Mañana a Santiago y de momento sin ampollas.

Grande.

Dulces sueños.

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